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El regreso comienza en casa: el significado del Día de Muertos en Oaxaca

El regreso comienza en casa: el significado del Día de Muertos en Oaxaca

Woman with catrina makeup praying in front of picture frame and candles during day of the dead celebration

Una mirada a la tradición que convierte la ausencia en encuentro

Hay una hora, a finales de octubre, en que Oaxaca huele distinto. El aire se carga de copal, de flor de cempasúchil, de chocolate batido con canela y de pan recién salido del horno. Las calles se llenan de color, pero lo más importante ocurre puertas adentro: en una mesa cubierta con mantel limpio, alguien acomoda con cuidado una fotografía, una veladora y el plato favorito de quien ya no está. Allí empieza todo. Porque en Oaxaca, antes de que los muertos lleguen al panteón o a la plaza, regresan a casa.

Una fiesta que no es despedida

Para muchas personas fuera de México, el Día de Muertos es una imagen: calaveras, flores anaranjadas, maquillaje festivo. Para quienes lo viven en Oaxaca es, sobre todo, una relación. Una forma de decir que la muerte no borra los vínculos, sino que los transforma. Los difuntos no se van del todo; mientras alguien los recuerde, los nombre y les prepare un lugar, siguen siendo parte de la familia.

Por eso esta celebración no se vive con el tono de un funeral. Hay lágrimas, sí, pero también risas, música, anécdotas y hambre. Se conversa con los que faltan como se conversa con los que están: contándoles cómo va la milpa, quién nació este año, quién se casó, qué platillo salió mejor o peor que el de la abuela. El duelo y la alegría comparten la misma mesa.

Las raíces: un diálogo de siglos

La tradición actual es fruto de un largo encuentro entre mundos. En los pueblos originarios de Mesoamérica, la muerte se entendía como parte de un ciclo de la vida, no como su final absoluto. Con la llegada del calendario católico, estas creencias se entrelazaron con las fechas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, a finales de octubre y principios de noviembre. De ese cruce nació algo nuevo, que no es ni puramente prehispánico ni puramente cristiano, sino profundamente mexicano y, en Oaxaca, profundamente local.

En buena parte del estado se cree que las almas regresan en momentos distintos. Según la comunidad, los primeros días se dedican a quienes murieron de forma repentina o violenta; después se espera a los niños, a quienes con ternura se llama angelitos, y más tarde a los adultos. Las fechas y los rituales cambian de un pueblo a otro, pero la idea central permanece: hay un tiempo en que el umbral entre los vivos y los muertos se vuelve delgado, y hay que recibir a los visitantes como se merecen.

La ofrenda: un puente hecho de cosas pequeñas

La ofrenda es el corazón visible de la celebración. Lejos de ser un adorno, es una forma de hospitalidad. Cada elemento tiene un sentido:

  • El cempasúchil, la flor de color intenso que, con su aroma y sus pétalos, marca el camino para que las almas encuentren su casa.
  • El copal y el incienso, cuyo humo purifica el espacio y eleva las oraciones.
  • Las velas y veladoras, que iluminan el trayecto y simbolizan la fe y la memoria.
  • El agua y la sal, para saciar la sed del largo viaje y para purificar.
  • Las fotografías, que dan rostro a quienes se espera y recuerdan que cada ausencia tiene nombre.
  • La comida y la bebida: el mole, los tamales, el chocolate, el pan de yema, la fruta, el mezcal, el tejate; lo que el difunto disfrutaba en vida.

Quizá lo más conmovedor es esa última categoría: lo que se pone no es lo «tradicional» en abstracto, sino lo personal. El cigarro que fumaba el abuelo, el dulce que le gustaba a la niña, el refresco de la tía que nunca faltaba en la sobremesa. La ofrenda es, en el fondo, un retrato hecho de sabores y objetos. Se dice que los muertos vienen a alimentarse del aroma y la esencia de lo que se les ofrece, y que después la familia comparte los alimentos, como si la comida hubiera sido bendecida por la visita.

Memoria familiar: cuando recordar es un acto colectivo

En muchas casas oaxaqueñas, preparar la ofrenda es una tarea que se hereda. Las abuelas dirigen; los hijos cortan flores, amasan, acomodan; los nietos aprenden. Mientras las manos trabajan, las historias circulan: cómo era el abuelo de joven, qué canción tarareaba la madre mientras cocinaba, qué dijo aquel día, qué dejó dicho. La ofrenda se arma, y con ella se arma también la memoria de la familia.

Así, la tradición cumple una función profunda: impedir el olvido. Los niños que nunca conocieron a sus bisabuelos aprenden sus nombres, sus gustos, sus defectos y sus ocurrencias. Se vuelven parte de una cadena que los precede y los sostiene. Y quienes han perdido a alguien recientemente encuentran un espacio colectivo y legítimo para el duelo, acompañados por la comunidad en lugar de quedarse solos con su dolor.

Por eso se dice que el regreso comienza en casa. No solo porque allí se coloca el altar, sino porque allí se decide, año tras año, que las personas que amamos seguirán teniendo un lugar.

Del hogar al panteón y a la calle

Cuando cae la noche, la celebración se desborda del espacio íntimo. En muchos pueblos y barrios, las familias acuden a los panteones para limpiar y adornar las tumbas, y pasan allí la velada entre flores, velas, rezos y conversación. Los cementerios, que durante el año son lugares de silencio, se transforman en jardines iluminados donde se come, se canta y se recuerda en compañía.

En otras comunidades, las calles se llenan de comparsas: grupos que recorren los barrios con música, disfraces y máscaras, entre humor, sátira y baile. Hay lugares donde estas expresiones adquieren formas teatrales y rituales propias, con personajes que representan a la muerte y a los vivos en una escena que mezcla lo solemne con lo festivo. Reírse de la muerte, burlarla un poco, es también una manera de perderle el miedo y de reafirmar la vida.

Oaxaca no es una sola celebración: es muchas

Hablar del Día de Muertos en Oaxaca exige hablar de diversidad. El estado es uno de los territorios culturalmente más ricos de México, hogar de numerosos pueblos originarios, entre ellos zapotecos, mixtecos, mixes, chinantecos, mazatecos, triquis, chatinos y muchos más, además de comunidades afromexicanas en la región costera. Cada uno aporta sus lenguas, su cosmovisión, su gastronomía y sus formas de relacionarse con la muerte.

En los Valles Centrales, la ofrenda puede lucir arcos de flores, frutas y panes elaborados, y los panteones se llenan de luz. En la Sierra, la celebración suele vivirse con un carácter más comunitario, ligado a la tierra y a los ciclos del campo. En la Costa, el calor, la música y los sabores propios dan otro ritmo a los rituales. Incluso entre pueblos vecinos hay diferencias en las fechas, en los alimentos, en las oraciones y en los gestos.

Esa pluralidad no debilita la tradición: la enriquece. Demuestra que no existe una única manera de honrar a los muertos, sino un tejido de prácticas que comparten un mismo fondo de respeto, gratitud y cariño. Y recuerda que detrás de cada altar hay una comunidad concreta, con su historia, su lengua y su manera de nombrar lo sagrado.

Mirar con respeto

La fama internacional del Día de Muertos ha traído visitantes de todo el mundo, y con ellos una oportunidad y una responsabilidad. Para quien llega de fuera, la invitación es a observar con humildad: recordar que no se trata de un espectáculo, sino de un momento íntimo y espiritual para muchas familias. Pedir permiso antes de fotografiar, no tocar las ofrendas, respetar el silencio en los panteones y consumir en los mercados y talleres locales son formas sencillas de acompañar sin invadir.

Porque, al final, el sentido profundo de esta celebración no es visual, sino humano. Es la certeza de que nadie desaparece mientras exista alguien dispuesto a recordarlo.

Volver, cada año

Cuando se apagan las últimas veladoras y los pétalos de cempasúchil empiezan a marchitarse, la casa recupera su ritmo cotidiano. Pero algo queda: la sensación de haber recibido una visita, de haber dicho lo que faltaba decir, de haber confirmado que el amor sobrevive al tiempo.

En Oaxaca, los muertos no regresan de lejos. Regresan de la memoria, del cariño y de las manos que año con año preparan la mesa. Por eso el regreso comienza en casa: porque es allí, entre el aroma del copal, el sabor del mole y el nombre dicho en voz alta, donde los vivos y los muertos vuelven a encontrarse.

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La Redacción

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