En el Estadio Ciudad de México, frente a su gente, en el Mundial que organizó y soñó durante años, México volvió a quedarse en la misma estación de siempre. Octavos de final. Inglaterra ganó 3-2. El marcador quedará en la estadística. Las emociones, esas, permanecerán mucho más tiempo. Y probablemente también las preguntas.
Hubo un momento en que pareció que todo se desmoronaba. Dos goles de Jude Bellingham en apenas un par de minutos silenciaron el estadio como se silencia una plaza entera con un solo grito. Después vino la reacción. El gol de Julián Quiñones antes del descanso nos recordó que este equipo no estaba dispuesto a entregarse sin pelear. La expulsión de un defensor inglés alimentó la esperanza. El penal de Harry Kane volvió a golpear donde más duele. Raúl Jiménez nos devolvió la ilusión, esa que tantas veces hemos aprendido a racionar. Y al final, entre las atajadas de Jordan Pickford y un último disparo que no quiso entrar, el silbatazo final nos recordó, otra vez, que en el futbol —como en la vida— no siempre alcanza con intentarlo.
Duele. Claro que duele.
Duele porque lo vivimos en carne propia, en la calle, en la oficina, en el camión, en la mesa familiar. Duele porque durante un mes completo nos permitimos creer que esta vez sí. Y duele, sobre todo, porque queríamos que doliera menos.
Pero sería un error monumental —de esos que se pagan caro— permitir que el estado de ánimo de un país entero dependa exclusivamente de un resultado deportivo.
México no son once jugadores
México somos más de 133 millones de mexicanas y mexicanos que todos los días salen a trabajar, a emprender, a investigar, a enseñar, a sembrar, a construir empresas, a crear arte, a desarrollar tecnología, a salvar vidas y a sacar adelante a sus familias, muchas veces contra viento y marea, casi siempre sin que nadie los aplauda. El prestigio de una nación no puede reducirse a noventa minutos, por más solemne que sea el escenario, por más lleno que esté el estadio, por más que el mundo entero tenga puestos los ojos encima.
Confundir a México con su selección es un lujo que no nos podemos dar. Y es, también, una trampa cómoda: culpar a once jugadores es mucho más fácil que mirarnos de frente como país.
A esta Selección hay que agradecerle
Nos hizo creer. Nos hizo llenar las calles de banderas verdes. Nos hizo abrazar desconocidos después de un gol, gritar en la sala de la casa como si nadie nos viera, mandar mensajes de WhatsApp a las tres de la mañana solo para decir «¿viste eso?». Nos regaló conversaciones familiares, reuniones con amigos y una ilusión compartida que pocas cosas —muy pocas— son capaces de provocar en un país tan acostumbrado a dividirse por todo.
En tiempos donde casi todo nos separa —la política, las redes, el color de la camiseta ideológica que cada quien decide portar—, el futbol sigue teniendo esa extraordinaria capacidad de unirnos, aunque sea por un instante, aunque sea por un mes, aunque sea nada más frente a una pantalla.
Y eso también vale. Vale más de lo que a veces queremos reconocer.
La discusión pendiente
Por supuesto que habrá que revisar decisiones, procesos, estructuras y el rumbo completo del futbol mexicano. Esa discusión es necesaria, urgente incluso, y no debe posponerse por cortesía ni por nostalgia. Hay que preguntarse qué falló, quién decidió qué, y por qué México sigue tropezando con la misma piedra edición tras edición.
Pero tampoco caigamos en la cómoda costumbre de exigirle a la Selección una perfección que no le exigimos al país, a sus instituciones, ni a nosotros mismos.
No podemos pedirle más a un equipo de futbol que al sistema entero que lo forma. No podemos exigir genios en la cancha si no formamos genios en las aulas. No podemos pedir procesos de clase mundial en el deporte si no los exigimos en la educación, en la salud, en la justicia.
Lo que de verdad hace falta
Si queremos competir de verdad con las mejores selecciones del mundo, necesitamos hacer exactamente lo mismo que exige cualquier otra área donde México aspira a ser grande: invertir en talento desde abajo, formar mejores generaciones, fortalecer las instituciones en lugar de erosionarlas, premiar el mérito por encima de la componenda, apostar por procesos de largo plazo y, de una vez por todas, dejar de creer que los milagros ocurren cada cuatro años solo porque nos urge celebrar algo.
El futbol no está separado del país. Es un reflejo de él. Un espejo, a veces incómodo, de lo que somos y de lo que todavía no logramos ser.
El verdadero partido
La buena noticia —porque siempre hay una— es que el talento mexicano nunca ha faltado. Está en las canchas de barrio, en las escuelas públicas, en las universidades, en los laboratorios, en las empresas, en los talleres, en el campo y en cada rincón del país donde alguien decide hacer bien su trabajo aunque nadie lo esté viendo, aunque nadie lo esté grabando, aunque nadie vaya a ponerle una medalla.
Ese talento merece oportunidades. Merece inversión, merece instituciones que funcionen y merece que dejemos de tratarlo como excepción y empecemos a tratarlo como regla.
Porque el verdadero partido de México empieza cada lunes por la mañana, cuando millones de mexicanas y mexicanos salen a construir un mejor país sin reflectores, sin narradores y sin un estadio lleno que los aplauda al final del día.
Lo que toca hoy
Hoy no toca esconder la camiseta.
Toca agradecer a quienes nos representaron con entrega, aunque el resultado no haya sido el que soñamos. Toca aprender de los errores, sin autoflagelación pero sin excusas. Toca seguir impulsando el talento mexicano, dentro y fuera de la cancha. Y toca recordar, como país, que los sueños grandes nunca terminan con una derrota, sino con la resignación de dejar de intentarlo.
El Mundial terminó para la Selección.
El partido por México continúa.
Y ese lo jugamos todos