Claudia Sheinbaum convirtió una conferencia en un mitin de barricada. El problema no es la soberanía; el problema es lo que se esconde detrás de ella.
Hay una figura retórica que los políticos mexicanos dominan con maestría casi genética: la del inocente indignado. Se para uno en el podio, levanta la voz, evoca a Juárez, agita la bandera, y ya. Toda pregunta incómoda queda sepultada bajo una avalancha de soberanía. Claudia Sheinbaum, este domingo, nos ofreció una función de gala.
La presidenta salió a decirle al mundo que México no acepta injerencias. Que somos libres, independientes y soberanos. Que la historia sabe adónde conduce la intervención extranjera. Todo correcto. Todo cierto. Todo impecable en los libros de texto. El problema es lo que no dijo.
«Cuando alguien grita soberanía más fuerte de lo necesario, casi siempre hay algo que no quiere que veamos.»
No dijo por qué el gobierno de Estados Unidos está pidiendo extradiciones de funcionarios mexicanos con nombre y apellido. No explicó qué evidencias tienen esas acusaciones, ni si la Fiscalía General de la República —la misma que Sheinbaum celebró como guardiana de la justicia— ha investigado esos casos con la misma energía con la que persigue adversarios políticos. No. Eso no llegó al discurso. En su lugar, llegaron las consignas y los aplausos.
Bañarse en salud, decimos en México, es esa vieja técnica de quien se adelanta a la acusación con tal ostentación de virtud que ya nadie se atreve a preguntar. «Nunca vamos a defender la corrupción ni la colusión con el crimen», dijo la presidenta. Qué alivio. Qué tranquilidad. Como si el hecho de pronunciarlo en voz alta lo hiciera automáticamente verdad.
«Cooperación no significa subordinación», dijo. Cierto. Pero tampoco significa que cada petición incómoda sea automáticamente una conspiración imperial.»
El discurso tiene una lógica perversa y efectiva: convierte cualquier señalamiento externo en traición a la patria. Si Washington acusa a un funcionario mexicano, no es una denuncia que investigar, es una injerencia que rechazar. Si la prensa pregunta, es la derecha entreguista al servicio del extranjero. Si alguien duda, es conservador. Así, la soberanía nacional se convierte en un escudo personal para los amigos del poder.
La presidenta mencionó con orgullo una reducción del 49 por ciento en homicidios dolosos en 20 meses. Ojalá sea cierto. Ojalá las cifras sean auditables, comparables, verificables. Pero en un gobierno que cambió las métricas de seguridad, que heredó una crisis de desapariciones forzadas sin resolver y que gobierna estados donde el crimen organizado sigue siendo poder fáctico, el número suena más a eslogan que a rendición de cuentas.
«La soberanía es un principio sagrado. Usarla como cortina de humo es una profanación.»
Lo más revelador del discurso no fue lo que Sheinbaum dijo. Fue el formato. Un mitin. Gritos de «¡no estás sola!». Consignas coreadas. Convocatoria a salir a las plazas a repartir volantes. Esto no es una presidenta explicándole a la nación una postura de política exterior. Esto es una candidata en campaña permanente, usando el aparato del Estado para movilizar a su base.
México tiene razón en defender su soberanía. México tiene razón en exigir reciprocidad en el combate al narcotráfico. México tiene toda la razón en señalar que el tráfico de armas desde Estados Unidos y el lavado de dinero en ese país son parte del problema. Todo eso es verdad y vale la pena decirlo fuerte.
Pero la soberanía no puede ser el argumento para no responder preguntas. No puede ser el muro detrás del cual se parapetan los que no quieren ser juzgados. No puede ser la respuesta automática cada vez que alguien, dentro o fuera de México, pide cuentas.
Cuando la presidenta pregunta a la multitud «¿quién decide en México, las agencias extranjeras o el pueblo?», la respuesta obvia es: el pueblo. Claro que sí. Pero entonces el pueblo merece saber exactamente qué se le está pidiendo al gobierno desde afuera, por qué, con qué fundamentos, y cómo piensa responder su gobierno más allá del grito.
Eso, en cambio, no se preguntó en el mitin. Y nadie en la multitud lo pidió. Porque cuando el show es bueno, nadie quiere que pare.