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Editorial | Día Internacional del Libro

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Hay algo profundamente hipócrita en la forma en que celebramos el Día Internacional del Libro. Lo festejamos con ferias, descuentos, selfies frente a libreros cuidadosamente decorados —y al día siguiente regresamos a la pantalla, al scroll infinito, al video de treinta segundos que ya olvidamos antes de terminar de verlo.

No me malinterpreten. No soy de los que añoran el pasado ni de los que culpan a la tecnología de todos los males. Pero sí soy de los que creen que hay una diferencia —enorme, constitutiva, irreductible— entre leer un libro y consumir contenido. Una diferencia que no es nostálgica ni elitista: es neurológica, es política, es civilizatoria.

Un libro te exige. Te pide que te sientes. Que te detengas. Que habites un pensamiento ajeno durante horas, quizá días, sin que nadie te aplauda ni te dé un corazón. El libro no tiene algoritmo que te diga lo que quieres escuchar. No te conoce. No te adula. Y por eso mismo, a veces, te transforma.

«Los países que más leen no son necesariamente los más ricos. Pero sí tienden a ser los más libres.»

Hay un dato que debería avergonzarnos y que, sin embargo, se repite sin consecuencias: México es uno de los países con menor índice de lectura en América Latina. Leemos, en promedio, menos de dos libros al año. Dos. Mientras los discursos oficiales invocan a Sor Juana, a Rulfo, a Paz, como si la sola mención de sus nombres nos eximiera de leerlos.

El libro incomoda al poder porque enseña a distinguir entre lo que te dicen y lo que es. Enseña a desconfiar con elegancia. A argumentar sin gritar. A entender que el mundo es más complejo que cualquier consigna —de izquierda o de derecha, no importa el color. Quizá por eso los gobiernos autoritarios, sin importar la época ni la latitud, siempre terminan quemando libros antes que cualquier otra cosa.

Entonces hoy, 23 de abril, no me pidan que celebre con tibiezas. No quiero el libro de moda en el aparador ni el clásico que nadie lee pero todos mencionan. Quiero el libro que raspa. El que contradice. El que te deja insomne a las dos de la mañana porque algo que creías saber sobre ti mismo ya no encaja.

El libro no ha muerto. Nunca va a morir. Pero sí podemos nosotros morir —como sociedad, como cultura, como ciudadanos capaces de pensar— si decidimos abandonarlo. Esa es la apuesta real de este día. No una feria. No un hashtag. Una decisión.

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