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El gran escaparate: la Semana Santa vaciada

El gran escaparate: la Semana Santa vaciada

Foto: Coordinación de Comunicación Social del Gobierno del Estado de Oaxaca.

Cuando la fe se convirtió en tráfico y el recogimiento, en reservación de hotel.

Hay un momento preciso, repetido año con año con la puntualidad de los ritos que ya no son ritos, en que México se pone en movimiento. No es el movimiento del alma que busca sosiego, ni el de la conciencia que da un paso hacia adentro. Es el movimiento de las maletas, las hieleras y los automóviles. Es el éxodo hacia el sol.

El Jueves Santo amanece con sus carreteras embotelladas desde las madrugadas. Las autopistas hacia Acapulco, hacia Puerto Escondido, hacia Cancún, hacia Los Cabos, se convierten en largas serpientes de lámina y humo. Las familias van escuchando reggaeton y narcocorridos, los niños dormidos en los asientos traseros. Nadie, o casi nadie, piensa en el hombre que cargó una cruz en ese mismo día, hace dos mil años, por las colinas pedregosas de Jerusalén.

México no perdió la fe de golpe. La fue cambiando, silenciosamente, por el descanso obligado.

No es un juicio moral lo que me propongo hacer aquí. Los pueblos tienen el derecho de transformar sus tradiciones, de vaciarlas o de llenarlas con nuevos contenidos. La historia de las civilizaciones es, en buena medida, la historia de los rituales que mutan. Lo que me interesa comprender es otra cosa: el mecanismo preciso por el cual una de las semanas más cargadas de significado en la cultura de Occidente —y especialmente de la Iberoamérica católica— se convirtió en un período vacacional de siete días con todo incluido.

La Semana Santa tuvo en México, durante siglos, una densidad simbólica que pocas fechas del calendario podían igualar. Era la semana del silencio. Los negocios cerraban no por decreto, sino por convicción. Las campanas enmudecían el Viernes Santo —ese día estremecedor en que la liturgia hace callar hasta a los metales. Las procesiones recorrían los atrios de las iglesias barrocas: el Cristo yacente, la Virgen de los Siete Dolores, los nazarenos de capucha morada. En los pueblos indígenas del sur —en Oaxaca, en Chiapas, en Michoacán— la Semana Mayor era una síntesis de dos mundos: el rito cristiano y la memoria prehispánica del sacrificio y la renovación.

Esa densidad no desapareció de una vez. Se fue diluyendo con la modernización, con la urbanización, con la secularización que vino primero solapada y luego desembozada. Pero hubo un momento decisivo: cuando el Estado mexicano decretó, con toda la torpeza burocrática que lo caracteriza, que Semana Santa era «período vacacional». Ese decreto —tan inocente en apariencia— fue, en realidad, un acto de alquimia cultural: convirtió el tiempo sagrado en tiempo de ocio.

El Estado hizo lo que nunca logró la Reforma liberal de Juárez: quitarle a la Iglesia no sus bienes, sino su tiempo.

Hay algo que los sociólogos llaman «el vaciamiento de los contenedores culturales». Los rituales son contenedores: formas que pueden llenarse o vaciarse según la voluntad de la comunidad que los practica. Lo que ha ocurrido en México con la Semana Santa es precisamente eso: el contenedor sobrevive —los días feriados, el nombre, incluso algunas procesiones en ciertos municipios— pero el contenido se ha ido sustituyendo por otro completamente diferente. Donde había penitencia hay playa. Donde había ayuno hay buffet. Donde había silencio hay altavoces a todo volumen en las playas de Mazatlán.

No soy un nostálgico de la fe impuesta. México padeció demasiado el oscurantismo clerical como para que yo lamente la pérdida de una religiosidad coercitiva. Pero hay una diferencia entre la secularización que libera y la que empobrece. La primera nos rescata del dogma; la segunda nos deja sin preguntas. Un pueblo que ya no sabe por qué guarda silencio un viernes de abril, que ya no conoce la historia detrás del nombre de la semana que lo manda al mar, es un pueblo que ha trocado la complejidad por el consumo.

Viajo con frecuencia por las regiones de México donde la Semana Santa todavía conserva algo de su antiguo peso. En los valles centrales de Oaxaca, en San Marcos Tlapazola, en Zaachila, en Teotitlán del Valle, las procesiones del Viernes Santo siguen siendo una experiencia de rara intensidad. Las mujeres zapotecas con sus huipiles bordados, los hombres cargando los pasos con una seriedad que no es actuada, los niños que imitan los gestos de sus padres con esa gravedad inconsciente de la infancia que aprende mirando. Allí la Semana Santa no es vacación; es memoria.

Pero incluso en esos pueblos la transformación avanza. Llegan los turistas —nacionales y extranjeros— con sus cámaras, sus reels de Instagram, su apetito de autenticidad envasada. Y el ritual, para sobrevivir económicamente, aprende a ser espectáculo. Es el dilema de todas las culturas vivas que el turismo descubre: o mueren ignoradas o sobreviven convirtiéndose en su propia caricatura.

La autenticidad, una vez que se sabe mirada, empieza a actuar.

¿Qué hacer con esta pérdida? En primer lugar, reconocerla. No con el llanto estéril del conservador que quiere congelar el tiempo, sino con la lucidez del historiador que sabe que las pérdidas culturales tienen consecuencias. Un pueblo que no entiende su propia liturgia —secular o religiosa— es un pueblo más vulnerable a las liturgias que otros le impongan: las del mercado, las del populismo, las del espectáculo permanente.

La Semana Santa, en su forma original, era una pausa. Una interrupción violenta del tiempo ordinario para confrontar las preguntas que la vida cotidiana aplaza: la muerte, el dolor, la redención, el sentido. Esas preguntas no han desaparecido porque hayamos cambiado el Viernes de Dolores por el viernes de descuentos en Aeromexico. Siguen ahí, intactas, esperando. El problema es que ya no tenemos el ritual que nos obligaba a hacérnoslas.

México sale esta semana hacia el mar, hacia las albercas, hacia los antros que abren a las diez de la mañana en Playa del Carmen. Va a descansar del trabajo, que es legítimo y necesario. Pero quizás —entre una cerveza y otra, entre el sonido de las olas y el silencio breve que a veces nos concede el mar— alguien se pregunte, sin saberlo del todo, por qué esta semana tiene ese nombre. Por qué se llama Santa. En esa pregunta a medias, casi involuntaria, late todavía algo del viejo misterio.

Eso también es México.

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