Hay frases que incomodan porque rompen el relato oficial. Y hay diagnósticos que, aunque se intenten descalificar, pesan por quien los emite. El del Instituto V-Dem es uno de esos.
México —dice el reporte— ya no es una democracia. Es una autocracia electoral. Así, sin matices. Así, sin eufemismos.
El dato no es menor. No lo firma un adversario político, no lo redacta la oposición, no es un tuit incendiario. Es el resultado de más de 600 indicadores analizados por miles de especialistas en todo el mundo. Y la conclusión es demoledora: la democracia mexicana “ya se ha derrumbado”.
El señalamiento tiene nombre y apellido. Apunta al proceso político que arrancó en 2018 con la llegada de Andrés Manuel López Obrador y que hoy continúa, sin sobresaltos, bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum. Un mismo proyecto, una misma lógica: concentración de poder.
Porque de eso se trata. No de si hay elecciones —que las hay—, sino de cómo se compite, quién controla, quién equilibra… y quién ya no puede hacerlo.
El informe describe un país donde el partido en el poder domina el Ejecutivo, tiene mayoría en el Legislativo y ahora va por el Judicial. Donde las reglas cambian desde el poder. Donde los contrapesos se debilitan. Donde la línea entre gobierno y partido se difumina peligrosamente.
Y hay un dato que debería encender todas las alarmas: la libertad de expresión. Según el reporte, es la primera ficha de dominó que cae cuando una democracia empieza a degradarse. México aparece entre los países donde los esfuerzos por limitarla han crecido de forma preocupante en la última década.
No es casualidad. Cuando el poder se incomoda con la crítica, la desacredita. Cuando no puede controlarla, la confronta. Y cuando eso no alcanza, busca reducir su alcance.
El problema es más profundo que una etiqueta. No se trata solo de que México esté peor calificado que India, Perú o Senegal. Se trata de entender qué implica ese retroceso: instituciones más débiles, derechos más frágiles, ciudadanos más vulnerables.
El mundo, advierte V-Dem, vive una “epidemia” de autocratización. Cada vez hay más países que retroceden que los que avanzan. Pero eso no consuela. Al contrario, agrava el panorama: México no es la excepción… es parte de la tendencia.
Y en ese contexto, la advertencia final es la más inquietante: cuando una democracia empieza a caer, es más probable que colapse a que se recupere.
La pregunta, entonces, es inevitable:
¿Estamos viendo un punto de no retorno… o todavía hay margen para corregir el rumbo?