Oaxaca habló… pero en voz baja.
La consulta de Revocación de Mandato del gobernador Salomón Jara Cruz deja un dato imposible de maquillar: la gente no salió. Con una participación cercana al 30%, muy lejos del umbral del 40%, el ejercicio nace sin dientes políticos. No hay revocación posible cuando la mayoría decide no decidir.
Y aun así, el mensaje no es menor.
Entre quienes sí acudieron a las urnas, 58% votó porque el gobernador continúe y 39% pidió que se le revoque el mandato. Traducido: Jara gana, pero no arrasa. Sobrevive, pero no se fortalece. Se queda, pero con un aviso encendido en el tablero.
Porque casi cuatro de cada diez ciudadanos que participaron dijeron “hasta aquí”. No es una cifra marginal. Es un bloque de inconformidad real en un estado donde el poder suele presumir unanimidades artificiales.
El otro gran protagonista es el abstencionismo. Más de dos tercios del padrón decidió que esta consulta no merecía su tiempo. ¿Desinterés? ¿Cansancio? ¿Desconfianza? ¿O la percepción de que el resultado ya estaba escrito? Probablemente un poco de todo. Lo cierto es que el gobierno que presume cercanía con el pueblo no logró llevar al pueblo a las urnas.
La revocación termina siendo lo que muchos anticiparon: un ejercicio legal, pero políticamente tibio. No tumba al gobernador, pero tampoco lo blinda. No lo derrota, pero tampoco lo legitima con fuerza.
Salomón Jara seguirá en la gubernatura. Sí.
Pero seguirá con un dato incómodo bajo el brazo: una mayoría silenciosa que no lo respaldó activamente y una minoría ruidosa que ya se organizó para decirle que no.
En política, a veces no pierde el que saca menos votos.
A veces pierde el que no logra entusiasmar.
Y hoy, en Oaxaca, el verdadero ganador no fue el gobernador.
Fue la indiferencia.