Marzo arranca con flores, discursos oficiales y campañas en redes sociales. Pero también con cifras incómodas, expedientes archivados y silencios que pesan. Marzo es el mes de la mujer. Y en México —y en estados como Oaxaca— no es una fecha para celebrar: es una fecha para incomodar.
El 8 de marzo no es un festival, es un recordatorio.
Desde que la Organización de las Naciones Unidas declaró el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, la conmemoración ha sido una llamada de atención global. En México, el reconocimiento formal llegó en 1975, cuando la propia ONU celebró en el país la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer. Han pasado más de cinco décadas. Y la pregunta es inevitable: ¿qué tanto hemos avanzado realmente?
Sí, hay más mujeres en espacios de poder. Hoy México tiene a su primera presidenta, Claudia Sheinbaum. El Congreso presume paridad. Los gabinetes hablan de perspectiva de género. Pero la realidad no se transforma con discursos. Se transforma con resultados.
Cada marzo se pintan edificios de morado. Se iluminan monumentos. Se publican mensajes de “sororidad”. Y mientras tanto, miles de mujeres siguen enfrentando violencia en sus casas, en sus trabajos, en las calles. El feminicidio no descansa los fines de semana. La brecha salarial no se cierra con hashtags. La impunidad no entiende de campañas institucionales.
En estados como Oaxaca, donde la desigualdad histórica se cruza con pobreza y marginación, la situación es todavía más compleja. Las mujeres indígenas enfrentan una triple barrera: género, origen étnico y condiciones socioeconómicas. Hablar del mes de la mujer sin hablar de ellas es un acto de simulación.
Marzo también es memoria. Es recordar a quienes ya no están. A las que marcharon y no regresaron. A las madres que buscan a sus hijas desaparecidas. A las jóvenes que decidieron no callar. Cada consigna en la calle es el resultado de años de indiferencia institucional.
Pero también es un mes de poder ciudadano.
El movimiento feminista ha sido uno de los más influyentes en la agenda pública de los últimos años. Gracias a la presión social se han modificado leyes, se han creado protocolos, se han abierto debates que antes eran tabú. No ha sido concesión del poder. Ha sido conquista de las mujeres.
El reto ahora es evitar que marzo se convierta en una zona de confort político. Porque es fácil tomarse la foto el 8. Lo difícil es gobernar con coherencia el 9, el 10 y el resto del año.
El mes de la mujer no debería ser un paréntesis. Debería ser un punto de partida.
Porque la igualdad no es un favor. Es una deuda histórica. Y las deudas, tarde o temprano, se pagan.
Marzo comienza. Las palabras sobran. Lo que faltan son resultados.