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El día que la Constitución se limpió con betún

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Foto: AlertaQro Noticias

La política mexicana es experta en ceremonias. Fechas solemnes, recintos históricos, discursos con palabras grandes que suenan bien y dicen poco. Querétaro, el Teatro de la República, la Constitución. Todo listo para la liturgia del poder.

Y entonces pasó lo que no estaba en el guion.

Antes del aplauso, antes del micrófono, antes del discurso sobre el pueblo y la democracia, el poder se mostró sin maquillaje: dos personas agachadas limpiándole los zapatos al ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Hugo Aguilar Ortiz, erguido. Quieto. Esperando.

No fue protocolo. No fue una orden. Fue peor: fue natural.

Y ahí está el problema.

Porque en política, cuando algo ocurre sin que nadie lo cuestione, es porque forma parte de la normalidad. De la cultura. De lo aprendido. De lo aceptado. Nadie se alarmó. Nadie detuvo la escena. Nadie pensó que había algo profundamente incómodo en ver a alguien inclinarse frente al máximo representante del Poder Judicial.

Minutos después, el mismo ministro habló de legitimidad democrática. De justicia cercana al pueblo. De una reforma judicial que —según el discurso— rompe con las élites y devuelve el poder a la ciudadanía.

Afuera, el video hacía su propio editorial.

Dos personas abajo. El ministro arriba. La metáfora perfecta de una reforma que se vende como popular, pero se ejerce desde la comodidad del pedestal.

Porque tampoco hay que fingir sorpresa: esa elección judicial nació decidida. Fue una simulación cuidadosamente construida. Un trámite con resultado anunciado. Y como toda simulación, termina delatándose no en los grandes actos, sino en los pequeños gestos. En esos segundos donde el poder baja la guardia y se comporta como realmente es.

La indignación no fue por el zapato sucio. Fue por la limpieza humana. Por lo que simboliza en un país donde los poderosos hablan de austeridad mientras viven rodeados de deferencias. Donde se predica igualdad, pero se practica jerarquía.

Horas después llegó la explicación. Que fue un accidente. Que se derramó café. Que no se dio cuenta. Que pidió que se detuvieran. Que ofreció disculpas. El comunicado fue correcto. Educado. Institucional.

El problema es que llegó tarde.

Porque el escándalo no está en la intención, sino en la costumbre. En que la escena pudo avanzar sin que nadie —ni el ministro, ni su equipo, ni el entorno— sintiera la necesidad inmediata de decir: “No. Esto no”.

Ese es el verdadero retrato del poder en México. No la humillación explícita, sino la normalización de la servidumbre. No el abuso declarado, sino el gesto asumido. El cargo que deja de ser responsabilidad y se convierte en trono.

Y hay un detalle que hace la imagen todavía más pesada: una mujer agachada resolviendo el problema del hombre poderoso. Aunque no haya mala fe. Aunque no haya intención. La carga simbólica está ahí. En un país que llena discursos de igualdad, pero sigue reproduciendo escenas de desigualdad cotidiana.

Había muchas salidas. Dar un paso atrás. Quitarse el zapato. Limpiarlo él mismo. Reírse del accidente. Cualquiera. La más básica. La más elemental. La más constitucional.

Porque la Constitución que se celebraba ese día no reconoce castas. Porque el poder público no está diseñado para ser servido, sino para servir. Porque la dignidad no se delega.

Pero nada de eso ocurrió.

Y por eso la escena pesa tanto. No fue un error aislado. Fue una fotografía de mentalidad. La de un Poder Judicial que pide confianza ciudadana mientras reproduce gestos de aristocracia. La de una reforma que promete cercanía con el pueblo, pero no se incomoda cuando alguien se agacha para facilitarle la vida.

En política, los símbolos pesan más que mil comunicados. Y este símbolo fue demoledor.

Ese día no se violó la Constitución con una reforma.
No se rompió con una sentencia.
No se atropelló con un decreto.

Ese día, la Constitución se manchó con un par de zapatos que alguien más limpió.

Y a veces, eso explica al país mejor que cualquier discurso desde la tribuna.

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