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Sheinbaum: disciplina sin sello propio en su primer año de gobierno

Sheinbaum: disciplina sin sello propio en su primer año de gobierno

1 de octubre de 2024.

Hace un año, Claudia Sheinbaum levantó la mano en el Congreso y juró como Presidenta de México. Fue un momento histórico: la primera mujer en encabezar el poder Ejecutivo. Una ceremonia cargada de símbolos, con la promesa de la continuidad de la llamada “Cuarta Transformación” y el discurso de que México entraba en una nueva etapa.

Doce meses después, el balance es menos épico y mucho más terrenal. La Presidenta enfrenta un país con los mismos problemas que recibió: la violencia no cede, los homicidios no bajan, la extorsión avanza y el crimen organizado se muestra cada vez más como un poder paralelo. En lo económico, México crece poco, con inversiones que se frenan ante la incertidumbre y con un sistema de salud que sigue siendo un pendiente monumental, pese a las cifras alegres que presume el gobierno.

Sheinbaum ha buscado mostrar un estilo distinto al de López Obrador: menos estridente, menos pleito abierto, más técnica. Pero en la práctica, gobierna bajo su sombra. No hay decisión importante que no despierte la sospecha de haber sido consultada en Palenque. No hay anuncio relevante que no parezca redactado con la narrativa de su antecesor. ¿Quién manda en México: la Presidenta en funciones o el expresidente desde su rancho?

En su primer año, Sheinbaum ha tenido disciplina y prudencia. Sí. Pero también un exceso de cautela. No ha roto con nada, no ha marcado un sello propio, no ha dado el golpe de autoridad que confirme que el poder realmente está en sus manos. Sus opositores la llaman “la obediente”, y sus aliados la aplauden precisamente porque no se sale del guion.

El reto es que el tiempo corre. El primer año es, políticamente, un colchón: se puede culpar al pasado, se puede argumentar que apenas se están sentando las bases. Pero a partir del segundo año, ya no hay margen: el gobierno es suyo, los errores también.

El país necesita respuestas a problemas concretos: seguridad, salud, economía, Estado de derecho. No slogans. No promesas de futuro. La paciencia ciudadana no es eterna.

Un año después, la pregunta es inevitable: ¿cuándo vamos a tener a la Presidenta de México… y no a la secretaria del expresidente?

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