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Oaxaca: Entre 2 Guelaguetzas

Oaxaca: Entre 2 Guelaguetzas

Una fiesta de mil nombres

La Guelaguetza, palabra zapoteca que significa “ofrenda” o “cooperación mutua”, es mucho más que una fiesta. Es una síntesis coreográfica, un espejo de los pueblos indígenas de Oaxaca, un acto de comunión entre comunidades que comparten danzas, música, trajes, maíces, dolores y esperanzas. Y, como todo espejo fiel, también refleja las tensiones de un país desigual, donde lo oficial y lo popular caminan a veces por sendas paralelas y opuestas.

Foto: Guelaguetza Oficial / Facebook

Cada julio, mientras el Cerro del Fortín se convierte en escenario de luces, cámaras y turismo globalizado, unos metros más abajo, en calzadas, plazas y barrios de la capital oaxaqueña, se teje otra celebración: la Guelaguetza Popular. Ambas nacen del mismo espíritu, pero sus formas, fondos y protagonistas difieren radicalmente. Una es institucional, transmitida en cadena nacional, diseñada para atraer inversión y reconocimiento internacional. La otra es rebelde, comunitaria, viva en el barro y el mezcal, a contracorriente del poder.

La oficialidad del folclor

La Guelaguetza Oficial, hoy organizada por el gobierno del estado bajo la marca “Julio, mes de la Guelaguetza”, es un evento monumental. Según cifras del propio gobierno de Salomón Jara, tan sólo en 2024 atrajo a más de 130 mil turistas, con una derrama económica superior a los 500 millones de pesos. Se presentan delegaciones de las ocho regiones del estado, seleccionadas por comités técnicos que evalúan “autenticidad” y “representatividad”.

Foto: Guelaguetza Oficial / Facebook

El espectáculo es, sin duda, imponente: coreografías ensayadas durante meses, vestimentas impecables, un auditorio Guelaguetza repleto, con boletos de hasta tres mil pesos. Todo transcurre bajo un guion meticuloso, con narradores bilingües, protocolos de seguridad, y una transmisión televisiva que da cuenta de una Oaxaca orgullosa de su diversidad cultural.

Pero esta monumentalización del ritual no está exenta de crítica. Para muchos intelectuales, líderes comunitarios y artistas, la Guelaguetza Oficial corre el riesgo de convertirse en un museo en movimiento, una postal sin alma. “Es un escaparate turístico, no un encuentro de pueblos”, me dice desde Teotitlán del Valle un tejedor zapoteco que ha participado en ambas versiones.

La rebelión de la costumbre

Foto: gguelaguetza / Twitter

En contraste, la Guelaguetza Popular nació en 2006, al calor del conflicto magisterial que paralizó Oaxaca durante meses y encendió una mecha de hartazgo social. Organizada por la Sección 22 del magisterio y respaldada por decenas de colectivos sociales y comunidades indígenas, esta Guelaguetza se presenta como una alternativa anticapitalista, horizontal, sin fines de lucro y profundamente política.

Sus escenarios son otros: el campo del Instituto Tecnológico de Oaxaca; Nochixtlán. No hay boletos ni filtros de entrada. Los bailes no están cronometrados. Las delegaciones se autoinvitan. Y los discursos que las acompañan no hablan sólo de maíz y velas, sino también de represión, saqueo, minería, feminicidios y desplazamiento forzado.

Foto: CENCOS Sección 22 / Facebook

He asistido a ambas. En la oficial, vi bailarines que parecen flotar, en medio de fuegos artificiales y drones. En la popular, vi a un anciano de la Sierra Mazateca explicar en su lengua que su comunidad no vino a ofrecer entretenimiento, sino memoria. Y vi al público llorar.

Cultura, poder y autenticidad

Foto: Guelaguetza Oficial / Facebook

La disputa entre ambas versiones no es sólo estética, sino profundamente política. ¿A quién pertenece la Guelaguetza? ¿Al pueblo que la creó y la vive? ¿Al estado que la promueve como motor económico? ¿O al turismo que la consume, cada vez más, como un producto cultural?

El gobierno actual, de filiación morenista, ha intentado tender puentes, invitando a delegaciones populares a participar en la programación oficial, e incluso promoviendo “Guelaguetzas comunitarias” en sus lugares de origen. Pero el recelo persiste. Las comunidades más organizadas resisten lo que consideran una cooptación. Y los activistas denuncian que detrás de los escenarios y el mezcal de cortesía, se esconde una estrategia para pacificar simbólicamente a los pueblos en lucha.

Así pues que la Guelaguetza está atrapada entre el folclor y la resistencia. Y el Estado ha descubierto que puede usar la diversidad cultural como un amortiguador político, sin resolver las causas estructurales de la desigualdad.

El alma doble de Oaxaca

Más allá de esta pugna, lo cierto es que Oaxaca es un estado con una enorme vitalidad cultural y una historia de resistencia. Su alma está tejida en dos hilos: el de la belleza ritual y el de la dignidad política. La Guelaguetza, en cualquiera de sus formas, es la expresión de esa alma doble.

No deberíamos oponerlas. Más bien, deberíamos comprender que la coexistencia —y la tensión— entre ambas es el reflejo fiel de lo que somos como nación: un país de profundas desigualdades, pero también de esperanzas persistentes. Un país que baila entre el folclor y la protesta.

La Guelaguetza no es sólo una danza. Es una pregunta. ¿Qué significa hoy “ofrendar” en un país roto? Tal vez, como me dijo un joven danzante en San Juan Bautista Cuicatlán, la respuesta esté en volver al origen: “la Guelaguetza es darnos, no vendernos”.

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