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Editorial | Julio en Oaxaca: el corazón que resiste

Editorial | Julio en Oaxaca: el corazón que resiste

Abraham Pacheco, CC BY-SA 4.0 , via Wikimedia Commons

Julio no es un mes cualquiera en México. En Oaxaca, es sinónimo de una fiesta que trasciende el folclor: la Guelaguetza. A primera vista, se trata de una celebración de colores, danzas, trajes regionales, música y mezcal. Pero si uno mira más de cerca, lo que ocurre en las faldas del Cerro del Fortín es una manifestación viva de identidad, resistencia y también, en los márgenes, de contradicciones profundamente mexicanas.

La Guelaguetza, ese acto generoso que significa “ofrenda” o “compartir”, es heredera de una cosmovisión que ha resistido siglos de conquista, centralismo, indiferencia y discriminación. Cada delegación que sube al escenario del Auditorio Guelaguetza es portadora de una historia única, tejida con el hilo de la dignidad. No hay aquí una “puesta en escena” para el turismo —aunque el turismo hoy la explota—, sino una reafirmación de lo que Oaxaca es: una pluralidad de pueblos que han decidido seguir de pie.

Y sin embargo, sería ingenuo hablar de la Guelaguetza sin tocar sus grietas. Porque mientras el Estado promueve la imagen de una Oaxaca festiva, hospitalaria y armónicamente multicultural, muchos de los pueblos que dan vida a esa imagen padecen el olvido cotidiano. Hay comunidades que no tienen acceso digno a salud, a educación, a justicia. Hay mujeres indígenas que, fuera del escenario, siguen siendo invisibles para las instituciones. Hay voces que han denunciado cómo la Guelaguetza oficial a veces se convierte en escaparate, en utilería.

Oaxaca es, como suele ser México, un contraste. El mismo Estado que aplaude a las danzantes del Jarabe Mixteco, muchas veces les niega el acceso a un traductor en procesos judiciales. El mismo gobierno que convoca a la “hermandad de los pueblos”, abandona a sus comunidades cuando defienden el agua, la tierra o sus sistemas de gobierno indígena.

Aun así, julio en Oaxaca sigue siendo poderoso. Porque el alma de la Guelaguetza no reside en los boletos de entrada ni en los discursos oficiales. Está en la convicción silenciosa de las abuelas que bordan, de los músicos que ensayan en casas de lámina, de las niñas que repasan una coreografía que han visto desde que tienen memoria. Está en la gente.

En tiempos en los que México parece dividirse entre narrativas impostadas de unidad y una realidad hiriente de exclusiones, la Guelaguetza nos recuerda que hay otra forma de existir: compartir, sin pedir nada a cambio; celebrar, sin olvidar la lucha. En esa contradicción está también la esperanza.

Oaxaca lo sabe. Y por eso resiste bailando.

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