El nombramiento de Flavio Sosa Villavicencio como Secretario de Cultura de Oaxaca es, por decir lo menos, un movimiento cargado de simbolismo y controversia. A casi dos décadas del conflicto social que sacudió al estado en 2006, donde Sosa se erigió como uno de los principales líderes del movimiento de la APPO, su nueva posición en el gabinete estatal plantea interrogantes profundas sobre la memoria histórica, la reconciliación política y las prioridades culturales de la administración actual.
Flavio Sosa, para muchos, es un ícono de resistencia popular, un rostro que simboliza la lucha contra un régimen autoritario y represor encabezado por Ulises Ruiz Ortiz. Para otros, es un actor polémico, señalado por protagonizar una revuelta que dejó profundas heridas en Oaxaca: meses de bloqueos, enfrentamientos, colapso económico y un saldo de vidas perdidas que aún pesan sobre la conciencia colectiva.
¿Qué representa entonces su llegada a la Secretaría de Cultura? ¿Es un intento de reivindicar su papel histórico, de consolidar un discurso de justicia social, o simplemente un movimiento estratégico para apaciguar sectores inconformes?
La cultura oaxaqueña, rica y diversa como pocas, merece liderazgos que trasciendan las divisiones políticas y sean capaces de articular proyectos que beneficien a todos los sectores. Si bien Sosa ha mostrado en el pasado interés por temas sociales y comunitarios, cabe cuestionar si su perfil es el adecuado para encabezar una dependencia que exige sensibilidad artística, visión de largo plazo y la capacidad de dialogar con todos los actores culturales, incluidos aquellos que aún lo ven con recelo.
Por otra parte, su designación puede leerse como un recordatorio de que en la política oaxaqueña, como en la cultura misma, todo está interconectado. Tal vez el gobernador busca enviar un mensaje de inclusión y reconciliación, pero el riesgo es evidente: abrir viejas heridas o polarizar aún más a una sociedad que no olvida.
Flavio Sosa Villavicencio tiene ahora la oportunidad y la responsabilidad de demostrar que su nombramiento va más allá de la polémica y que su pasado como líder social puede traducirse en un liderazgo cultural efectivo. ¿Podrá transformar su legado de resistencia en una gestión que enriquezca la vida cultural de Oaxaca? El tiempo —y los resultados— tendrán la última palabra.