Donald Trump vuelve a la carga, como un boxeador que no sabe cuándo quedarse en la lona. Su propuesta más reciente –si podemos llamarla así– no solo raya en lo absurdo, sino que desnuda el desprecio con el que el expresidente estadounidense ve a sus vecinos. En una entrevista en Meet the Press, Trump sugirió que México y Canadá deberían convertirse en estados de la Unión Americana, bajo el curioso argumento de que Estados Unidos los “subvenciona”.
Vamos por partes. Primero, la premisa de que Washington “subvenciona” a México y Canadá es una interpretación antojadiza de la relación comercial y económica entre estos países. Sí, hay un intercambio económico masivo, pero la lógica de los tratados como el T-MEC es ganar-ganar. Trump, como de costumbre, prefiere pintarlo como un favor unilateral de Estados Unidos. En su mundo, todo beneficio para los demás es un sacrificio para él.
Pero lo más alarmante no es la ignorancia económica, sino la declaración política. Trump habló con una soltura escalofriante sobre convertir a México y Canadá en “estados” de su país, como si fueran territorios a la deriva, esperando ser salvados por la bandera de las barras y las estrellas. ¿Qué clase de mente colonizadora hay que tener para proponer esto sin ruborizarse?
🚨| Donald Trump dice que dejará de financiar a México y Canadá a menos que se anexen a Estados Unidos: "¿Por qué seguimos subsidiando a México y Canadá? Esto no tiene sentido. No deberíamos estar dándoles dinero, a menos que se quieran convertir en nuestros estados”. 🇺🇸👏🏼 pic.twitter.com/WkbU3DF1du
— Eduardo Menoni (@eduardomenoni) December 8, 2024
El magnate asegura que con una simple llamada a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, logró frenar la migración en cuestión de minutos. ¡Qué conveniente! Esta narrativa ficticia de un Trump “héroe de la frontera” no solo es un insulto a la complejidad del problema migratorio, sino una muestra de su obsesión por simplificar todo a niveles ridículos. No importa que no haya evidencia de que algo así sucediera; Trump vive de su propia mitología, y su base parece comprársela sin chistar.
Y luego está su vieja fascinación con los aranceles, esos “hermosos” impuestos que, según él, no le cuestan nada a los estadounidenses. A pesar de que los números demuestran que su guerra comercial tuvo un impacto negativo en los bolsillos de sus propios compatriotas, Trump insiste en vender su narrativa. Más caro el pollo, más caro el acero, más caro todo, pero él asegura que fue un gran negocio. ¿Para quién? No lo sabemos.
Su ocurrencia sobre Canadá como el estado 51, con Justin Trudeau como gobernador, es otra joya de su megalomanía. Lo dice como si estuviera jugando al Monopoly en su mansión de Mar-a-Lago, sin medir las implicaciones de sus palabras en una relación internacional ya tensa.
Trump regresa con sus delirios de grandeza y su desprecio por los matices. La pregunta que queda es si los votantes estadounidenses están dispuestos a comprar otra temporada de este reality show. Porque para México y Canadá, está claro: no queremos ni necesitamos ser parte de su serie.
Una última cosa: si Trump insiste en imponer su visión de “subsidios” y aranceles, tal vez sus vecinos tengan que recordarle algo básico: no necesitamos una estrella más en su bandera, señor Trump; necesitamos un socio con respeto y sentido común.